1. Tienda en Linea
  2. Contáctanos
  3. Inicio

Te Cuento: Luís Alberto Arellano - Diario del sediento Fabula del minotauro y la doncellla

Diario del sediento
Fabula del minotauro y la doncellla

Por: Luís Alberto Arellano

Fabula del minotauro y la doncellla
en el amor como en el circo
hay la emoción de ser comido —cuanto menos—
por los ojos de las fieras
Juan José Macias

B. tenía meses que dormía con su profesor de literatura, diez años mayor que ella. Pero las cosas no iban tan mal, ella llegaba cuando quería, no antes. Se fumaba un cigarrillo de marihuana, lo escuchaba perorar sobre cualquier asunto febril de esos que lo consumían y cuando harta de la música que no reconocía lo empujaba al sofá para empezar el amor, ella sentía que su mundo tenía sentido. No lo amaba, pero le sonaba gracioso que él sí. Tenía además buenas razones para procurar que la relación continuara. Él era la única isla ajena a la tormenta de mierda en que se había convertido su vida. Desde los quince trabajaba para pagar sus estudios, más por orgullo que por la posición económica de sus padres. Deambuló por varios McJobs, ninguno mejor que el anterior. Empleada de mostrador o vendiendo tarjetas telefónicas, su futuro ahí no era ni siquiera malo. Era nada. Pero pagaban las cuentas y dejaban dinero para la fiesta. Así, en singular y descontextualizada: la fiesta. Ese suceder eterno de tragos, besos no comprometedores, algún ácido, algo de cama y música cantable. Ahí conoció a E., en un bar donde él era mesero. Se gustaron y al calor de la fiesta (eterna e inmutable, más una fuerza de la naturaleza que un acto humano), se acostó con él. Ella tenía menos de veinte y él más de 30. Pero era divertido y ella estaba muy drogada. Se siguieron viendo algunos meses, hasta que ella decidió trabajar en el mismo bar que él. Ella era obstinada, precisa y calculadora. Se ganó al gerente, quien le presentó al dueño y le dieron trabajo como bartender, y pasó a ser compañera de trabajo de Ernesto. Y ahí todo se fue a la mierda: los mutuos celos, la competencia estúpida y la rutina convirtió algo pasajero y divertido en una relación donde ella se enamoró perdidamente y él se convirtió en su verdugo. De ahí que huir, cambiar de ciudad y comenzar todo en otro cielo no sonaba tan mala idea. En la facultad de sociología su maestro de literatura contemporánea fue R., un aspirante a poeta que sabía mucho de libros, pero poco de mujeres. Lo sedujo como parte de una competencia entre varias chicas. Cuando él tuvo un lapsus con su nombre en plena clase supo que había ganado. A la semana, hizo que derramara su café sobre su camisa mientras hablaba de Vallejo, el César. Y como el juego le gustó, se volvió cazadora de una presa sumamente sencilla que se entregaba lleno de temor a una mujer que en cualquier otro escenario no hubiera sido competencia.

Pero R. era ciego y sordo cuando se atravesaba una niña. De carácter recio y algo paranoico, su poso de dulzura estaba reservado a todo aquello que simulara menos edad de la real. Las niñas, ninfas, núbiles nínfulas. En nada más podía pensar en sus ratos, pocos, de ocio. En faldas tableadas, colitas de cabello breve y oloroso, en ojos de una putería inocente. Así que con B. estaba condenado.  Nada sabía de su pasado ni le interesaba. Aun cuando él se abrió de manera inmediata a esos ojos dulces y almendrados que le pedían placer a montones. Le contó de su ex mujer, de su único hijo, de sus planes para cambiar la poesía latinoamericana (en cuatro poemarios, uno dedicado a cada elemento natural de la clasificación de Demócrito), de su angustia por la inevitable caída de la humanidad como especie dominante en el planeta, de su gusto por la música negra de los sesenta, de su color favorito en las bragas.  Ser presa fácil no estaba en sus manos, sino en su entrepierna. Como autómata daba la clase que sabía de memoria, tres veces por semana. Lo único que le intrigaba era que traería puesto B.  y cómo haría para quitárselo. Ella nunca lo decepcionó y su único placer estribaba en hacerlo parecer más frágil de lo que era realmente. Él era un tipo rudo, fuerte e importante. Ella una frágil doncella perdida en un laberinto, lista a ser comida por el minotauro. Entonces ella abría las piernas de más en la clase y el minotauro se despeñaba loco de emoción. Él encontraba eso francamente insultante. Pero nada podía hacer para evitarlo. Se consolaba pensando que con este autosacrificio conjuraba lo poco ético de una relación asimétrica. Le perturbaba lo que pensarían sus colegas si se enteraban. Pero nunca le planteó sus dudas a B. Y el conflicto crecía porque él se enamoró y quería presentarla como la mujer que lo acompañaba en su vida. Ella reía y reía.

Pero E. no era un demonio. Tan sólo había perdido el control unas cuantas veces. Además estaba el asunto de su preferencia irreductible por la cocaína. Consumía cantidades industriales. Un papel por la mañana, uno por la tarde y tres o cuatro durante las jornadas de trabajo que terminaban cerca del alba. Y es cierto que no le alcanzaba el dinero para pagar todo lo que se metía, pero los clientes borrachos siempre querían conseguir un papel y pagaban con otro. Una noche se accidentó en el auto de una clienta que quería comprar drogas y acostarse con un mesero. El auto a mitad de la avenida se encontraba con las llantas mirando al cielo. E. tenía un brazo roto y sangraba abundantemente por la nariz. Al tocarla sintió que estaba rota, y rompió a carcajadas. Él había roto la nariz de B. una noche de discusión en que ella insistía en acompañar a un cliente por drogas. Entonces, como ella no cedía, le rompió la nariz de un golpe. Ella le juró venganza, y el alcance de la maldición no se escapaba a E. Los paramédicos lo encontraron riendo y pensaron que estaba ebrio o drogado. Así lo trasladaron al hospital, donde una enfermera procedió a hacerle un incómodo lavado de estómago. De haber estado drogado tal vez la sensación no hubiera sido tan dañina. Pero sobrio fue insoportable. Con ese asco y dolor en las entrañas E. recordó a B. y tuvo nostalgia de ella. Saudade como decía la clienta brasileña con la que se estrelló y que estaba en Terapia intensiva. Los doctores trataban de reacomodar su masa encefálica en el hueco maltrecho de su cráneo.

Pero B. reía y reía. También lloraba. Algo ebria en el furor de la fiesta cualquier gesto le despertaba el recuerdo de E. Lo buscaba con ansia en los abrazos de sus amigos, en el rumor de los vasos chocando contra el hielo y el alcohol, en el aroma a madrugada que tenía su ropa y que sólo reconocía después del baño matutino. Todas las mañanas la despertaba la ansiedad que se forma entre los labios secos. Un miedo incierto, un sabor metálico en la quijada. Y el ardor terrible de su nariz. Demasiado orgullosa para reconocerlo, el cartílago no había sanado a pesar de mediar tres años entre el golpe y los ardores. Y como eso era lo primero que sentía en el despertar que sigue a la fiesta, lloraba. De golpe se formaban las cosas no dichas en sus labios, peleando por tomar lugar en la voz. De golpe y sin transiciones se despertaban todos los furores de la carne, lo mismo la rabia que la dulzura que el dolor. Y sin pudor se arrojaban al espejo donde repasaba su rostro. Y lloraba con fuerza, más por impotencia, por no poder ordenar el mundo interior que se le volcaba, que por alguna emoción en particular. Y pensaba que eso era amar, y pensaba en E. y luego en R. Siempre en ese orden. Como no podía poner sentido en la tormenta de mierda que era su vida decidió moverse de lugar. Y empezó a seducir a otros hombres.

Entonces conoció a J., un alumno de lenguas, tres años menor que ella. Y sin darse cuenta, se enamoró de él.

R. encajó mal el golpe. La llamó y llamó hasta que escuchó por el celular como fornicaban ella y J. Entonces bebió con mayor frecuencia y volvió a la calle a buscar rostros familiares. R. vivía en una zona cercana a la abandonada estación ferroviaria, devastada desde hacía años. Sin embargo, el tren de carga era el transporte preferido por los centroamericanos que buscaban llegar al norte para cruzar a los Estados Unidos. Una noche, al volver a casa, con una gran cantidad de alcohol y sustancias en la cabeza, un hondureño lo abordó. Le dijo: Hey pana, un favor le pido, algo de moneda para seguir el viaje, vamos para los yunaited y no he comido, mire no soy malo, soy pobre  y queremos trabajar, pana. R. negó con la cabeza, pero el hondureño le giró el hombro con la mano, en señal de petición. R. se lanzó sobre él, tirando golpe tras golpe. El tipo se cubría el rostro y encogido gritaba por auxilio. En la sorda noche nadie respondía. R. siguió golpeando hasta que el tipo se calló. Entre un charco de sangre, le giró el hombro para mirar su rostro lloroso. R. corriendo entró a casa. Pasó la noche en vela esperando que timbrara la policía. Al otro día salió con la esperanza de encontrar al hondureño y llevarlo al médico o darle dinero o algo que aliviara su culpa. No lo halló, pero sí el rastro de sangre. Debilitado hasta las lágrimas regresó a casa. Se mudó de ciudad a las dos semanas, abandonando todo.

E. había llegado a la ciudad a buscar a B. Nada supo del nuevo amor. Lo que sabía era que ella y R. tenían algo. Después de un par de noches preguntando y rastreando alguien le dijo dónde vivía R. Frente a su casa pasó horas tocando el timbre y nadie respondió a su llamado. Esperó en el jardín de enfrente. Esperando que volvieran ambos y poder verla y hablarle. Después de medianoche vio llegar a R. tambaleándose. Lo reconoció por la descripción que le hicieron de él y porque se dirigía a la puerta que sospechaba. Antes de llegar miró como un chico se acercaba a él, le hablaba y empujaba, y como R. se lanzaba furioso y lo tundía sin piedad y sin motivo aparente. No intervino. Miró a R. refugiarse en casa y corrió a ayudar al tipo. Lo llevó a urgencias, pagó el servicio y le dio algo de dinero. Al amanecer comprendió que nada debía buscar ahí y volvió a casa.

Años después R. llegaba al aeropuerto de la capital de vuelta de un viaje por el cono sur. Había leído sus poemas en Medellín, en Santiago y en Buenos Aires. Visitó poetas famosos, dejó manuscritos en editoriales que leía desde niño y se reunió con su generación en los distintos escenarios. Antes de abordar un taxi para su casa una voz femenina dijo su nombre. B. con un niño en brazos corrió a saludarle. Detrás J. los miraba incómodo. Ella le contó que iban al norte a visitar al padre de J. quien mandaba dinero para conocer a su nieto. Al mirarla R. no pudo evitar el estupor. Ella lo leyó en su rostro y se refugió en sus brazos. Lloraba como una niña y le pedía que no se fuera, el niño comenzó a llorar confundido. Que no la dejara como estaba, que estaba desesperada. R. nunca la odió tanto como en esos momentos.

Cuentos

Fabula dDel Minotauro Y La Doncella
La Lengua de La Mariposa
Mundo lento
Por mor de la serpiente o Nuevo Tratado de los simples
La Sed

  1. Contáctanos
  2. Mapa del Sitio
  3. Derechos