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Te Cuento - Luis Alberto Arellano - La Lengua De La Mariposa

La Lengua de la Mariposa

Luis Alberto Arellano

I
Cómo vuelven, cómo hacen para volver
y cubrirlo todo del naranja en su aleteo.
Cómo vuelven al lugar preciso, en el mismo gesto
que su progenie perpetúo hace mil años.
En la misma corteza por los mismo aires
y ser ellas las mismas
que ya no son, sino su reflejo.

Cómo hacen para volver
después de tantos días al sol
de otros lares, entre otros dioses
y encontrar la ruta en lo fino de los vientos
y volver a ellas con el mismo modo
de amarse tan profundamente
que no olvidarán
ni las de ahora
ni las que vendrán después
que en esa encina, a la luz
de este sol
la delicia de los cuerpos se presenta.

II
Delicado ser el de la mariposa
que en su perfil de aire
se dibuja.

Y sin embargo en su aleteo
en la forma de su ala izquierda
y también en la derecha
se dibuja el designio de los dioses.

Toda en ella es aire y más aire.

Pero ha dicho un hombre viejo
que la grácil forma de su ala
oculta tal poder
que un solo movimiento puede hundir
en los mares a mil hombres
sobre igual número de naves.

Nos ha dicho que es tal su fortuna
que los ritmos de su andar por los aires
pueden, y sucede a menudo,
formar la nueva faz de las montañas
quebrar los cielos y lanzar la lluvia
a escalas desconocidas hasta ahora por máquina humana.
Ellas pueden lanzar a los hombres a su destino
derrotar a las aves en su vuelo
podrir el vino en sus odres.
En su vuelo se oculta el nombre perdido
del Dios de los judíos.

Ha dicho este sabio, que las alas
y sólo las alas
ocultan el secreto del crecimiento de los astros
y que su solo giro
tiene tal efecto en la vida de los hombres
que los límites de nuestros actos
dependen de la fortuna o desventura
de su vuelo.

Tal vez en su lomo
oculta a nuestros ojos
se esconda una lengua remota
que habla con agrado a los dioses.

III
En la historia de Orfeo, el poeta tracio,
es tal la fuerza de su canto
que logra que los mármoles de las estatuas
lloren de dolor por su pena.

Ha perdido a su amada Eurídice
y desconsolado vaga lamentándose
entre los bosques,
en compañía de las criaturas que no pueden evitar el llanto.

Orfeo ha encontrado la forma de recuperar a Eurídice.
Bajará al Orco y su lira cantará para el dios de los abismos
esperando que se complazca en hacer volver a su amada
a los lindes de la tierra bajo los astros.

Una vez frente a su objetivo
el dios le  pone una sola condición
No verá a los ojos de Eurídice, sino
hasta que los rayos del sol le hayan devuelto
peso y volumen a su carne.

Ella lo seguirá en el ascenso, pero aún siendo espectro
y solo en la atmósfera de la tierra
volverá su cuerpo a ser cuerpo digno del amor
de los hombres.

Orfeo no duda que podrá cumplir la promesa.

Una vez en el retorno a su patria
escucha mientras asciende que unos pasos le siguen
al principio, lentos y callados, después presurosos
y con la angustia de los amantes.

Siente la fría respiración en sus hombros
que se agita mientras el escarpado ascenso se prolonga:
escucha su nombre, pero con una voz hueca y sorda
como la de las hembras durante el amor carnal.

Y siente miedo, porque miedo siente el hombre
que mira a la muerte y sus acechos.
Y sabe que ella será siempre un espectro
y que la carne que le cubra estará rota por los gusanos
y tendrá el frío olor de la podredumbre
y su rostro sin dientes ni ojos
no podrá gozar de las delicias de su compañía
porque será sorda al canto de su voz.

Ella le sigue llamando, sin descanso,
mientras los primeros rayos le tocan la frente
y su mano transparente roza el manto
púrpura de Orfeo. Le pide que vuelva su rostro y la bese.

El cantor, que superaba a los pájaros del monte
en su saludo a la diosa de rosados dedos,
siente tal repugnancia que vuelve el rostro contrito
al cadáver de su amada.

Eurídice se desvanece en el aire.
Orfeo, aliviado, vuelve al mundo de los hombres.
Años después su cuerpo, roto y sin miembros por las cariátides
será la marca insepulta que designe a los cuatro vientos. 

IV
Cómo vuelven, cómo hacen para volver
y comenzar todo de nuevo
en la misma sombra de antes
cuando ya no hay ahora.
Cómo vuelven al mismo sitio
a repetir el gesto eterno
y erigir el mundo de los hombres con su vuelo
que todo lo puede
y comenzar la respiración y el movimiento
y la perpetua historia sin nombres ni lugares
Cómo hacen para volver
y llenarlo todo de sentido
las montañas a su sitio
los mares a su profundidad
y el amor a la repetida corteza que les corresponde.

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