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Literatura

Por mor de la serpiente o
Nuevo tratado de los simples

(Poemas en Prosa)

Luis Alberto Arellano

Mandrágora

Al llegar a las tierras de donde no continúa viaje alguno, las costas terribles de Finisterra, se encuentra una rara mezcla de planta e hijo de los dioses que recibe el maléfico nombre de Mandrágora. Todo en ellos es pestilente, y provoca daño a quien lo busca y encuentra. Se sabe que son pequeños hombres que escapando del vientre de sus madres, se hunden voluntariamente en la tierra, con el fin de echar raíces y no pertenecer al mundo, ni al culto, ni a familia, ni a oficio, ni a tradición alguna. Estos seres, varón o hembra de acuerdo a la orientación del lecho materno al momento de parir, generan una rara flor solanácea que despide un tufo a carne pútrida, y en el solsticio en verano se llena de colores imposibles: del magenta colorido del sexo femenino al gris de los cielos antes de la nieve. En esos días donde la luna huye más veloz del firmamento, los viejos dedicados al embrujo sobre los hombres, buscan y recolectan este raro prodigio. Se necesita, según las palabras del profeta Elías, de un par de brujos para producir la fuerza necesaria para asirlos de un solo tirón. La tierra que los rodea se ha habituado a sus humores y luchará contra que le arranquen a su preciado hombre no crecido. Al ser expuesto a los rayos de sol dejará oír un berrido o canto, según la antigüedad de su reposo, capaz de perturbar a las vírgenes y a los sodomitas. De ahí que sean necesarios los puros de corazón y febriles de cuerpo para aquietar a la bestia, que se retorcerá y llorará hasta producir el asco de sus captores. Se sabe que su carne produce el vigor de tres toros sementales y el sopor de masticar mil hojas de las alturas.

Fénix

Del seno que las amazonas perdían al jurar fidelidad a Ares, del tejido muerto que lanzaban a la hoguera subía un humo azulado que recordaba los ojos de ciertas mujeres hiperbóreas. La constante presencia de ese humo tan sensible a la luz, puso en la ruta de un experimento al viejo Tiresias, mago y ciego agudo de la antigüedad, quien gozaba a su vez de la ancianidad y de la fortuna de los pechos femeninos. Este hombre con senos y vejez a cuestas, creía que las aves compartían la naturaleza del humo, tan ligero o más que el éter. Aseguraba que ambos, humo y aves, podían elevarse más allá de las cumbres que rodeaban al Vesubio. Ciego como era, pidió al tirano de sus tierras, Diomedes, el del rostro de fuego, que le concediera diez doncellas y un efebo que lo guiaran hasta los confines del mundo, más allá de las tierras de la pimienta y el sándalo. Ahí moraban los pueblos de ojos rasgados, hábiles constructores y terribles amos de la pólvora y el papel. La gracia de los trazos con los que estos hijos del dragón sustituían el alfabeto habían traído varias veces gloriosos sueños a Tiresias, quien los vio cuando niño y no ciego. Los sueños estaban cargados de placeres no descritos por ningún poeta conocido. Uno de ellos consistía en la visión de un ave naciendo entre los fuegos de una hoguera, azul como los humos de los pechos de la Amazonia. El tirano concedió los humanos instrumentos y diez mil dracmas, con la esperanza de perder a este ciego mago tan dado a los menesteres de la vagancia. A la muerte del tirano, la viuda decidió incinerar el cuerpo y levantar un túmulo mortuorio digno de los dioses. Tiresias asistió, anciano y pobre, a los rituales fúnebres. Ante la pira lanzó un conjuro, en palabras que la tradición ha perdido, y pestilente polvo como las muelas de ciertos marinos. Del ave sabemos que voló terrible desde los fuegos hasta el horizonte por donde los hombres ven al sol morir. Del mago, que perdiendo toda esperanza de alcanzarlo y preguntar su nombre, se lanzó a la pira que ardía poderosa contra la noche.

Unicornio

En el mito de Alcestis, ella muere por dejar con vida a su hombre. De mujeres que puedan dar tal prenda sabemos poco. Del unicornio, animal pródigo en encantos, del que todos los cronistas coinciden es una aparición benéfica, sabemos algo más. Que su forma no es igual ni a los búfalos ni a los dragones, a pesar de poseer cierta cornamenta. De sus miembros, que no son en nada parecidos a los de los caballos, ni a los de los peces cuando colorean las cristalinas humedades de los meandros. Tampoco se parecen a los miembros de las aves, tan acostumbradas al poco peso del aire, dignos en el recamado de sulfurosas plumas.

 Sus cuerpos recuerdan a algunas serpientes, en algo a los manatíes (de quien Plinio desconfiaba su naturaleza femenina), en algo a los infantes del rinoceronte. Pero su piel es imposible de descripción, y su voz tan pura que ningún humano ha registrado la forma y duración de su canto. Pero sabemos que canta. Todos los prodigios cantan, al menos una vez en su paso por la tierra. En realidad nada sabemos del unicornio. Salvo que es de buen agüero. Poh Yun, cronista del señor de todos los animales sobre la tierra, rey de los cinco imperios, y temor de los nueve cielos, ha narrado singulares ocasiones en que el unicornio hizo su aparición en un poblado. La gente, desconociendo su estampa, ignorando todo de cómo deben ser los unicornios, mató al gentil engendro y devoró su carne trayendo desgracias sin fin a la tierra debajo de los cielos.  Es posible que a nuestro lado dormite un unicornio, y nada sabremos relatar de sus encantos.

Iguana

En los mares de azul contorno, donde las rocas han tomado la forma de pequeños árboles bajo las aguas, habita un raro pez cubierto por una armadura digna de los dragones sumerios. Iguana es la voz que los naturales de esta tierra han dado a la bestia. Ésta nada con la elegancia de las sierpes, aunque posee cuatro patas en ángulo recto a su cuerpo. Su piel es de tal dureza y apariencia que recuerda a las armaduras que usaban los caballeros que libraron a Tierra Santa del rigor de los infieles. Sin embargo su carne, blandísima al calor de las brasas, recuerda en sabor a ciertos frutos de la selva que lloran al ser arrancados de los árboles. Los naturales usan estos animales como adorno de los tronos reales, ya que son de humor melancólico y poco dado a la violencia. Meditan sobre su fealdad que a todos los frailes al servicio de Dios, Aquel que es la suma de todas las cosas y todos los tiempos, espanta. Se sabe de reyes que han poblado con tal profusión sus asientos con estos bichos que solo mostraban el rostro a sus súbditos, y eso en sagradas ocasiones. La inmovilidad en tierna, con altiva presencia, es el rasgo más característico de la criatura, y su mirada revela que el recuerdo y la nostalgia habitan su conciencia de reptil aprisionado en la armadura de los hombres.

Perpetuum Mobile

Los diarios de cierto barón Friedrich von Kempelen, de quien se sospecha sea apócrifo el apellido mas no el título, se desprende la historia de cierta bestia cercana a los hombres: el Perpetuum Mobile. Un hombre de madera y pieles, que construido por el errado discípulo de Avicena, Ahmed Hikmet, fue dado a la vida por un conjuro que repetía los ciento un nombres de Alá. Este hombre, vestido a la usanza turca, vagó por las tierras del oriente durante varios siglos. Sin modo digno de presentarse ante los hombres, vivía de enseñar su hueco interior a los turistas que tan depravadamente miraban a este engendro contrario en todo a la fe islámica. Cuando el barón von Kempelen lo encontró en los lupanares de Istambul, lo convenció de viajar con él a Europa, para asombrar a las cortes de todo el continente. Pero la inutilidad del autómata quedó en evidencia. No sabía hacer nada más que mostrar sus orificios. El viejo barón conocía cierta leyenda de los indios Tupí del amazonas lejano, que para hacer suyos las potencias guerreras de sus enemigos los devoraban ritualmente. Logró con sumo esfuerzo convencer de la veracidad del rito al autómata. Éste escogió a cierto enano llamado Hienrich Herder que gustaba del ajedrez como su víctima sacrificial. Lo emboscó y devoró cuando volvía de una noche en el bar fumando hash, que se consideraba una novedad en la baja burguesía, y jugando partida tras partida. A partir de esa fecha, el autómata pudo sorprender a todos los reyes de Europa por su habilidad extraordinaria para el ajedrez, sin embargo, debía acompañar a las partidas de un inmoderado consumo de cannabis. Tal motivo derivó en las fricciones que von Kempelen relata angustiado en sus diarios, y en su anhelo por romper la sociedad que con tanta ingenuidad había afirmado. La fortuna cumplió sus deseos, cuando un cíclico incendio en el Londres habituado a las llamas destruyó las habitaciones del noble alemán que se alojaba en las cercanías a Carnaby Street, y con quien el autómata jugaba una partida que se ha conservado en la jugada número 25, CDxTR, inconclusa.

Cuentos

Fabula dDel Minotauro Y La Doncella
La Lengua de La Mariposa
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Por mor de la serpiente o Nuevo Tratado de los simples
La Sed

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