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Te Cuento... Luis Alberto Arellano - La Sed

La Sed

Luis Alberto Arellano

Durante dos años, cada lunes, alrededor de las dos de la tarde, me encontraba delante de la puerta de acceso a la prisión. Cada lunes, sin falta, durante dos años, debí explicar a un guardia distinto, qué asunto me llevaba a la cárcel. Debí explicar cada lunes, de distinto modo, a distintos hombres vestidos del mismo negro de pies a cabeza, a qué me acercaba a ese portón deslucido y sombrío, entre el frío durante el invierno, a pleno sol durante el resto del año. Y llamaba siempre del mismo modo y pedía entrar a la misma hora, con la intención risoria de conversar durante dos horas con un grupo de internos que llevaban un taller literario. Cada semana era más fatigoso explicar qué era un taller literario a guardias acostumbrados al transporte de sustancias por la puerta de entrada, acostumbrados al trato con familiares de delincuentes (a los cuáles trataban también como culpables). Nunca reflexioné tanto como esos lunes, 104 lunes, sobre qué es la literatura, y cómo funciona un taller literario. Reflexionaba antes de llegar a la mole de concreto desnudo, con paredes altísimas  y coronadas por torres en los vértices. Pensaba qué es un cuento, cómo se escribe, y lo pensaba frente a la reja donde pedían de mí una identificación con fotografía. Me preguntaba cómo se escribe un poema, todos los lunes mientras pasaba a una separata de madera, en un pasillo con cubículos privados, mientras un guardia, el más amable de la larga cadena que debía pasar antes de llegar al patio, me revisaba el cuerpo, los bolsillos, a veces los libros que me ayudaban en la charla. Y este guardia que me miraba pensar, y no enterarme mucho de lo que pudiera suceder si abría por la mitad uno de mis cigarros, siempre cajetilla cerrada; y a veces me pedía algo para leer en las largas horas que debía revisar gente, de pies a cabeza. Y yo le acercaba novelitas en ediciones baratas, algún Conrad, alguna de Marías para que la revisión no demorara mucho. Y una vez dentro, me encaminaba a la biblioteca, pensando qué diablos es la literatura y cómo la reconocemos en el mundo de los vivos. Y no pensaba que estaba entre gente juzgada por robo, homicidio, violación o cualquier felonía que a gusto de jueces y amas de casa son dignas de ser castigadas con la inmovilidad entre cuatro, enormes, cívicas paredes, sino cómo es que un poema es un poema y no otra cosa. Al llegar a la biblioteca, no mal surtida por cierto, conversaba con cinco hombres, nunca más, que escribían cuentos, algún poema, menos teatro y nada de ensayo. Y escuchaba, sobre todo, después de reflexionar tanto y con tanta regularidad, escuchaba qué buscaban ellos en el poema, en el cuento, en Moliére. Y me pregunté siempre en voz alta, y algunas veces con pudor culposo antes de dormir, qué pasaría si yo, alguna vez, hubiera tomado lo que no es mío, más allá de la mujer de otros, del turno en la cola del cine, y la bajeza y liviandad de mi vida se me reflejaban en toda su espesura, porque ni siquiera tuve la pasión, la ambición para pecar de verdad, sino siempre de un modo mesurado, nada del otro mundo. Y la naturaleza del poema, de mis poemas, me parecía una pena profunda y llena de ligereza, por la que ni siquiera valía la pena matar o ser matado, violar o ser violentado, robar o ser robado. Y me lamentaba con furor por preguntarme cuestiones pequeño burguesas, a mi edad, después de tantos libros y de tanto alcohol y de tantos veniales pecados.

Un lunes, después de los 104 cumplidos, llamé y no abrieron, me negaron la entrada. Dijeron no más, qué diablos es eso de literatura, para qué sirve. Y a pesar de tanto pensarlo, durante los lunes frente a la puerta, camino al patio, mientras un guardia me tocaba los bolsillos, la cadera, los costados, no pude responder, ni pude ocultar la sorpresa de que mi mundo se preguntara lo mismo, en los mismos términos que un guardia de prisión, acostumbrado a los malevos y sus familias. Y me di media vuelta y no volví más, porque nunca más me dejarían entrar a hablar de algo que no pude definir frente a la puerta de una prisión, a un guardia semi alfabetizado.

Uno de ellos, de los hombres que me esperaban todos los lunes en los patios y en la biblioteca gritó mi nombre en la calle dos semanas después. Apenas lo reconocí noté que había hecho un esfuerzo por mantener los lunes por la tarde fuera de mi vida, que a pesar de aparecer a la misma hora mi mente separaba el día en partes que nunca se tocaban. Y lo abracé con euforia porque obligaba a mi conciencia a admitir su frivolidad y todos sus prejuicios de golpe. Bebimos durante dos horas y escuché de nuevo su historia, la que me había contado en cuentos escritos en hojas de papel diverso, en reversos de quinielas deportivas añejas, a lápiz porque la tinta costaba más y era escasa. Una historia como todas, con dobleces y rencores, con amor  y sustancias, con mala fortuna y con culpa. Este hombre me enseñó todo lo que pudo sobre la culpa, y yo, mal informado, consideré que era suficiente. Su historia no importa, porque no importa que te robes un banco o dos, completos, con todo y empleados. Tampoco importa que se sepa en los diarios que lo hiciste y que la gente de la calle lo tome tan personal como para mandar a sus perros a buscarte. Importa menos que tu mujer se gaste a bolsillos llenos lo que tú robaste y al final te salga con la puntada de que se va y se lleva a la niña. Menos aún que tus amigos hallan muerto en el último intento por cambiar tanta moneda de manos. Lo que importa es que la prisión te rompe, te obliga a reconocer que nada está bien en el mundo, que todo apesta. Más aún, te enfrenta sin dejarte ni un momento, es opresiva, porque no puedes simular que no está pasando, que todo es un mal sueño. No puedes girar la vista a otro lado, ni fingir que todo va bien, que ya falta poco. Porque poco es el tiempo de la negación, así sean unas horas.

Y este hombre aguantó todo, y lloró como crío. También reía a gatas de los cuentos que escribía. De las cosas que leyó porque creía en mí, no recuerda mucho. Pero entendió que nada vale la pena, que de verdad no lo vale. Y yo le creí. No porque la prisión también me hubiera roto, lo mío era un rato, sino porque en sus ojos se veía que las mentiras eran un lujo que ya no se podía dar. Que el cinismo era permisible, también la lucidez, pero el esfuerzo para mentir era demasiado y demasiado costoso. Entonces no le quedaba más que aceptar el mundo en dos colores, o blanco o negro.

Y negro fue por 8 años y 20 días.  El día de salida estuvo su madre con su hermano a la puerta fría y rota de metal para traerlo al mundo de los vivos. Lo sé aunque no lo haya visto, porque de nada más se habla con ellos que no sea ese momento. Lo paladean, lo planean hasta la saciedad.

A los dos días de salir tomó parte en la peregrinación que a santo de la virgen guadalupana recorre a pie los 300 kilómetros hasta la capital. Y caminó como poseso. Porque lo que más se extraña en la prisión es el paseo, la sensación de no tener un límite. Caminas 500 pasos y hay un muro, aunque gires y camines otros 500 el muro sigue ahí. Y a donde vayas al final está el muro. Y entonces caminar a campo libre, al borde de una carretera, sin el muro persiguiéndote o adivinando tus pasos le pareció lo más glorioso del mundo. Y caminó y caminó, sin dejar que los demás lo acompañaran. Los peregrinos se detenían a tomar aire, a rezar y cumplir ritos. Él esperaba paciente, los miraba, pero seguía andando. El cansancio era poco y no irritaba. Importaba más la caminata continua, no parar. Y avanzaba de día y algo en la noche. Siempre por delante del campamento, del grueso de la columna. 6, 7 kilómetros por delante. Se detenía a mirar a lo lejos a la gente cantando y gritando. Los veía detenerse agotados y ofrecer su sufrimiento a Dios y llorar por los dolores, y no los entendía.

Así pasaron siete días de continuo andar. Detenerse por la noche, poseído por el ansia de seguir caminando. Caminar sin tener el muro cerca, y con la sensación de avanzar más rápido que él.

Al llegar al templo, a la villa, los esperó durante dos horas. A la tercera salió y fue a tomar una cerveza. Cuando el contingente arribó se unió a los ritos, huecos y fríos que nada le dijeron. Y siguió caminando, recorrió la ciudad, del norte al poniente, tomó la carretera a Puebla y siguió caminando. Solo. En Cholula el hambre y el cansancio lo hicieron llamar a su hermano, quien pensaba que ya no volvería. Lo recogió en su auto un día después. En el trayecto de regreso no habló. Miraba por la ventanilla el paisaje que ahora sí podía entender: arriba el azul del cielo, al centro los montes llenos de pinos, el negro del asfalto, debajo la tierra roja. Entraron a la ciudad y recorrió con el olfato los lugares que atravesó en su frenesí de no hallar límites. Y lo vio todo tan diferente, tan plano y superpuesto, como sin volumen. Llegaron a Querétaro y siguió admirado que esas 8 horas las hubiera recorrido en 10 días. Sin embargo, cuando se detuvo el auto frente a la casa de su madre, al tocar sus piernas el piso, le fallaron las rodillas y cayó de bruces, las manos sobre el concreto, la cabeza pesada y girando, con la certeza de haber sido saciado por primera vez en su vida.

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