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Te Cuento... María José Moreno - Atrevimiento

Atrevimiento

María José Moreno

No estaba solo como yo creía; ella me acompañaba desde la terraza de su casa blanca. Su mecedora hacía un ruidito que se confundía con el canto de los grillos. Si una canción escapaba de sus labios, yo la sentía mía y me imaginaba que era de mí mismo de donde venía. ¡Qué casualidad! Teníamos la misma canción para tararear.

Fue el brillo de su cabello el que me hizo descubrirla aquella noche en que la luna la iluminó sin avisar, en complicidad con las nubes, que en el momento preciso se abrieron dejando caer un torrente de luz. Así, una cascada se desparramó sobre su silueta y la encontré. Tuve la intención inmediata de acercarme. Jamás antes tuve ese deseo intenso y, sin pensarlo más, caminé hacia ella: fui sigiloso tal como siempre lo he sido, silencioso; como me enseñaron a serlo ellos, con los que comparto mi espacio. Comprobé que las paredes no eran blancas como parecían a lo lejos, sino de un amarillo pálido color ciruela silvestre. De repente, ella se levantó para entrar a su casa, haciendo sonar su mecedora con la que chocó en la obscuridad. Tuve que contener la respiración para que no me sintiera.

Por fortuna, una vela se encendió en la cocina dejándome ver a la mujer, luz-fuego ahora, sirviéndose agua tinta en una copa; cerró los ojos al probarla. No entendí por qué.

Mi curiosidad había crecido a tal grado que comenzó a llamarse fascinación.

Apagó la vela y salió de nuevo a la terraza. La miré descalza con su vestido de dibujos que le llegaba a las rodillas y su cabello brillando de nuevo, pero ahora podía ver también sus ojos-noche, sus brazos blancos, sus manos largas con una luciérnaga extraña prendida en un dedo. La vi mirando estrellas. La noté inquieta con algunos sonidos como aquél de las ranas al saltar sobre las hojas secas del almendro o el de las gotitas de rocío que resbalaban desde las tejas de vez en cuando.

El galán de noche y los jazmines llenaban todo el jardín con su aroma.

Ella volvió a cerrar los ojos y la mecedora disminuyó su ritmo. Tuve que acercarme más para comprobar que no dormía; la vi sonreír con los ojos cerrados e imaginé sus pensamientos alegres llenos de selva, de agua de fruta fresca. Sentí tantas ganas de tocarla, de rozar sus hombros redondos. Quedé sorprendido al ver que la mano con luciérnaga lo hacía por mí, exactamente como yo deseaba hacerlo. Luego se llevó la mano a la cabeza y hundió los dedos en su cabello alborotado, dejándome ver su frente.

Una lagartija lanzó besos al viento y un remolino de brisa los mezcló con el aroma de los jazmines; aproveché el momento para plantarle un beso en la nariz y esconderme presuroso bajo la mecedora. Entonces abrió los ojos y se levantó intempestivamente; vi sus pies chocando con la copa que rodó hasta el piso ¡Fue todo tan rápido! ¡Sentí tanto miedo de que se hiriera!

Cuando pude reponerme del susto, miré la vela de nuevo encenderse, adentro de la casa. Yo estaba muy nervioso; oí gritar una chachalaca en la selva, algún animal había atacado su nido, aprovechando mi descuido.

Sin embargo, nuevamente busqué a la mujer; la vi ahora junto a dos velas escribiendo frenéticamente en un papel. El lápiz corría a toda velocidad y yo no alcancé a leer más que el principio que decía: "El beso del alux"

María José Moreno Valdés nació en la ciudad de México al medio día del 9 de julio de 1966.

Vivió en Mérida, Yucatán hasta los dieciocho años que se liberó y huyó al Caribe.

Fue miembro del taller literario Surgir que imparte la maestra Alicia Ferreira hasta que cambió su residencia a Punta Maroma donde ahora es parte activa del Centro Cultural de la Selva, ha tomado cursos literarios con diversos escritores como Lazlo Mousong,

Ricardo Yañez y José María Zonta, su libro de poemas “Yo no estoy pintada en la pared” será editado próximamente.
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