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Grandes Mexicanos - Maestro Raúl Anguiano

Maestro Raúl Anguiano: Memorias de Juan Rulfo

A Juan Rulfo lo conocí en una feria del libro. Se habían publicado los primeros ensayos de Rulfo y de mi amigo Juan José Arreola por una editorial que se llama Sepan Cuántos. El nombre de la editorial lo propuso Alfonso Reyes.

A Rulfo lo traté más en las giras políticas. La primera vez que viajamos juntos fue durante una de las campañas políticas del licenciado Adolfo López Mateos, por Jalisco. En esa campaña estaban también Juan José Arreola, González Camarena y José Luis Martínez, entre otros. Íbamos en camón y Arreola, agarrado del tubo, recitaba un poema de Guillaume Apollinaire. Tenía una memoria extraordinaria. Eso lo recuerdo cada vez que voy a parís a visitar el monumento a Apollinaire, hecho por Picasso.

Cuando Adolfo López Mateos llegó a Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, tierra de Orozco y de Arreola, López Mateos que era muy galán, les decía a las señoras cuando se asomaban al balcón: “Que bonitas hijas tiene, señora”. En esa gira a Guadalajara, Juan Rulfo, que era una persona callada e introvertida, se explayaba conmigo. A mí me encantaba conversar con él porque su lenguaje se parecía al de mi abuela paterna que utilizaba palabras típicas del castellano antiguo, como ese de “te truje” y “lo vide”.

Maestro Raúl Anguiano: Memorias de Juan RulfoDesgraciadamente, como Rulfo era muy tímido, se frustró mi idea de hacerle un homenaje y un retrato. Yo lo invitaba al estudio y nunca fue, tal vez pensaba que le iba a cobrar caro, no sé.

Hace unos años en el Palacio de Bellas Artes, el entonces presidente de México Carlos Salinas de Gortari, inauguró una exposición mía en el mes de mayo, con motivo de mi 75 aniversario. Al salir de la exposición nos tomaron una fotografía en la cual aparecemos riéndonos tremendamente porque nos acordamos de Juan Rulfo de esta manera: en una gira de Miguel de la Madrid, en Tijuana, coordinada por Salinas de Gortari –Juan José Bremen, director del INBA, atendió a los intelectuales – nos alojaron, por falta de hospedaje, en un hotel de paso, de prostitutas y braceros, que está a un lado de  un bar que tiene de techo un sombrero de charro mexicano muy grande llamado, El sombrero. A mí me tocó hospedarme con el licenciado Antonio Armendáriz. Yo no quise desempacar. El Licenciado Armendáriz sacó hasta su despertador. Después partimos a la cena oficial y Bremen nos preguntó si estábamos bien alojados, le conteste:

-Pues estoy acostumbrado a todo, hasta la selva.

-No, no, no, maestro Anguiano, eso está mal.

Entonces ordenó que nos cambiaran de hotel. Le dije al licenciado Armendáriz que efectivamente estábamos muy mal, pero me conformaba con que hubiera ventilación, porque padezco claustrofobia, y que si estaban sucias las sábanas nos dormiríamos con la ropa: “No se preocupe, están rotas las ventanas”, me contestó Armendáriz.

A media noche fuimos por el equipaje; al llegar al hotelucho vimos una luz en nuestro cuarto, había dos braceros que se decían:

-¿Ya cenates?

-Pues no, ni siquiera he desayunado

Tocamos, entramos; estaban en calzoncillos… Sacamos nuestras cosas; por suerte no habían tocado nada. Pero en la recámara de junto, donde se iba a hospedar Ángela Gurría, estaba una pareja haciendo el amor y en la cabecera de la cama había una frase poco burda que decía “Puto tu”- Ese era el hotel donde nos íbamos a hospedar, por eso la risa de Salinas y la mía cuando me dijo que si sabía que Rulfo si se había quedado a dormir en El sombrero.

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