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Grandes MexicanosLos Artistas - Daniela PalaciosGrandes Mexicanos

Desde el Cuerpo

Decir que la pintura de Daniela Palacios posee un erotismo entendido como centro existencial de la vivencia humana, quizá sea un lugar común para quienes tienen el privilegio de conocer su obra; aunque no está de más repetirlo en beneficio de aquellos que se le acercan por primera vez, ni sobra tampoco en estos tiempos de conservadurismo creciente y virtualidades que suplantan el frente-a-frente con todas sus zozobras y temores. Erotismo que no sólo está en la relación con el otro: igual si no es que más, se encuentra también en ese profundo conocimiento del propio cuerpo, en esa sabiduría honda de los que se hallan a sí mismos  y se aman.

Frente al lugar común donde uno habla de “su” cuerpo como si fuera una propiedad, lo que a fin de cuentas reproduce el viejo dualismo donde “uno” es el alma o el espíritu o la mente, y el cuerpo es algo “otro” que se posee o se padece; Daniela afirma la insolvencia de la distinción, su profunda negatividad, y se instala en la identificación plena: uno es el cuerpo, uno es este maderamen de huesos y cartílagos, uno es este palpitar de ideas y sueños, este temblor de nervios y miedos, esta excitación de cercanías y descubrimientos, este cansancio, este ímpetu, esta alegría, esta hambre, este deseo. El erotismo de Daniela Palacios, efectivamente, no es una mirada sobre el cuerpo, sino desde el cuerpo.

De esa mirada deriva la centralidad del color y la textura de los cuadros, como invitando a los ojos no a ver, sino a palpar, a sentir. Y es que algo profundamente antiguo se asoma en esos cuadros que se nos presentan como vestigios remotos, fragmentos que forman las imágenes en un hermoso juego donde los trozos, rectángulos perfectos y alineados, arman visiones recortadas.

No asistimos a la arqueología de un espacio funerario, sino a una celebración de vida inmortalizada en pintura y piedra, una vida que, aunque transcurra en el fluir de la duración, la memoria nos devuelve por fragmentos azarosos que esa mirada desde el cuerpo vuelve a unir, reconstruye, armoniza, pero que, fiel a sí misma, no se engaña con el simulacro de un relato absoluto, unificado.

Sabemos del gusto de Daniela Palacios por el mural, al fresco o de mosaico. Al ver estos cuadros con sus texturas, sus efectos, sus recortes, da la impresión que ese gusto no viene de la pared como tal o del tamaño que se ofrece, sino justamente de esa amalgama de pintura y piedra, de signo de permanencia, de festejo de la memoria, de la monumentalidad en lo que tiene de solidificación del recuerdo.

Quizá no todos podamos estar a la altura de la ética del cuerpo que Daniela nos propone. Quizá algunos prefiramos ocultarnos en el dualismo. Pero ella nos regala estas obras que marcan un camino, estos cuerpos invitantes para vivirnos como cuerpos y desde el cuerpo. Y nos invita porque hay una decisión ya tomada: no sabemos dónde está la raíz, dónde estamos realmente ni qué podemos ser, pero “Sabemos que son verdaderos los corazones de nuestros amigos”

Carlos Guevara Meza
Coyoacán 2007

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